ORDENACIÓN DE CINCO DIÁCONOS CATEDRAL DE JALAPA

Con gran alegría nos hemos preparado y ahora nos disponemos a ordenar diáconos a cinco jóvenes de la diócesis de Jalapa. Son ellos, como ya lo saben: Celso Walberto González Archila, Edín Amilcar Carrera Mota, Jaime Ottoniel Vargas Tobar, Álvaro Danilo Cardona, Edgar Efrén Gramajo González.  Ellos terminaron recientemente su formación y sus estudios de Teología en el Seminario Mayor Nacional de la Asunción.

Permítanme comenzar saludando a los padres de familia de estos jóvenes y agradeciéndoles la entrega de sus hijos que hoy hacen a la Iglesia de Jalapa. Saludo y agradezco también a los formadores del Seminario Mayor Nacional de la Asunción por la formación que recibieron. Gracias también a sus profesores.

En esta ordenación lo esencial es la imposición de manos del obispo. Y significa que estos jóvenes al ser ordenados diáconos van a ejercer un servicio en la Iglesia. Es lo que significa la palabra diácono: servidor. Pero no es un servicio hecho de cualquier modo sino como discípulo de Jesús, quien según dijo “no vino a ser servido sino a servir y dar su vida por nosotros” (Mt 20, 28).

Al diácono, según el Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia ( LG n. 29), se le atribuyen tres funciones: La primera es  La litúrgica, que consiste en el anuncio de la Palabra de Dios y en asistir al obispo y a los presbíteros en la celebración eucarística, en la cual también ellos pueden distribuir la comunión y llevarla a los enfermos; el diácono puede, además, asistir y bendecir el matrimonio y presidir las exequias. La segunda función es el anuncio de la Palabra de Dios;  por eso, a él le corresponde proclamar el evangelio en la celebración Eucarística y explicar la Palabra de Dios con su predicación. Y, en tercer lugar, el servicio de la caridad, cuando ejerce los múltiples servicios de caridad en la Iglesia.

Inmediatamente después de la imposición de manos del Obispo sigue  la oración de consagración. En ella, el Obispo pide al Padre celestial que envíe el Espíritu Santo sobre quienes van a ser ordenados para que puedan desempeñar con fidelidad su servicio.

Ordenacion Diaconal de Celso Walberto González Archila, Edín Amilcar Carrera Mota, Jaime Ottoniel Vargas Tobar, Álvaro Danilo Cardona, Edgar Efrén Gramajo González

Jesús es el modelo de todo servidor en la Iglesia.  Los diáconos tienen siempre que ser servidores con el espíritu de Jesús; por lo cual, razón tenía el obispo Don Tonino Bello, cuando a un diácono antes de ordenarlo presbítero, cuando el diácono se disponía a quitarse la estola cruzada que llevaba en el pecho, le dijo: “no te quites tu estola cruzada, ella te recordará siempre que eres servidor como  Jesús, “quien no vino a ser servido sino a servir y dar la vida por todos”.

Las cualidades indispensables en un servidor al estilo de Jesús,  es decir, en un diácono son estas: una vida según el Espíritu, amor a todos sus hermanos y hermanas, preocupación por los enfermos, los pobres, por los que sufren, los migrantes,  por los sin tierra, los que no tienen ni donde reclinar la cabeza.

La palabra de Dios que acabamos de proclamar nos ilumina y anima. El profeta Jeremías ha indicado la disponibilidad total que debe tener el diácono: “A donde quiera que te envíe, irás y dirás lo que yo te ordene (Jer 1, 7)”.  Cuando se trata del ejercicio del ministerio de diácono – como es el caso actual-  es Dios mismo quien los envía por medio del obispo. Por eso, no deben tener miedo, porque Dios siempre los acompaña. Me llama la atención el pasaje de los Hechos de los Apóstoles cuando el diácono Felipe es enviado por el Ángel del Señor de Jerusalén a Gaza a anunciar la buena nueva de Jesús al ministro de Candace, que iba de camino  en un carruaje.  Felipe fue invitado a subir al carruaje y allí le explicó al etíope el texto de Isaías que iba leyendo y le anunció a Jesús. Evidentemente la palabra de Felipe tocó el corazón del viajero, porque cuando llegaron a un lugar donde había agua y el ministro de la reina le pidió a Felipe que lo bautizara, éste lo bautizó.

En la segunda lectura escuchamos cómo fue la institución de los diáconos. Los apóstoles consideraron que no era bien que ellos se dedicaran a la distribución diaria de los alimentos y, por eso, decidieron convocar a los discípulos y les pidieron elegir entre ellos a siete  hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encomendaron el servicio de la caridad, para que los apóstoles pudieran dedicarse a la oración y al ministerio de la Palabra. Así fueron instituidos los primeros diáconos.

La homilía sugerida por el Ritual para esta ocasión exhorta a los futuros diáconos a que “viviendo el misterio de la fe con alma limpia, muestren en sus obras la Palabra que proclaman, para que el pueblo cristiano, vivificado por el Espíritu Santo, sea oblación agradable a Dios y así tu, – le dice el Obispo a cada diácono que va a ordenar-  en el último día, puedas salir al encuentro del Señor y oír de él estas palabras: “Muy bien, servidor fiel y cumplidor, pasa a la fiesta de tu Señor”.

Queridos jóvenes que van a ser ordenados diáconos: Todos ustedes, después de su ordenación, están destinados a ir a una parroquia de esta diócesis a ejercer su ministerio. Vayan, pues, con alegría y sirvan a sus hermanos con el mayor amor que sean capaces. No se cansen, no den signos de desmayo, sino que hagan prevalecer el amor a Dios y el amor a sus hermanos con su talento, su amor y su servicio, como Jesús nos ha enseñado.

Quiero terminar esta homilía invitando a Ustedes a ver a Jesús hecho diácono. Contemplen el evangelio que hemos proclamado. Vean a Jesús que se pone de rodillas delante de sus discípulos y como un esclavo les lava los pies.  ¡Vean la humildad, el amor, el espíritu de servicio y la entrega total que caracterizan a Jesús! Escuchen la reacción de Pedro, que se escandaliza al ver la humildad de su maestro y le dice: ¡Señor, tú no me lavarás los pies a mi! Y la respuesta de Jesús: “Si no te dejas lavar los pies, no tendrás parte conmigo”.  Esta acción humilde es algo esencial en el discípulo de Jesús: para entrar en el reino de los cielos hay que ser como los niños. Hay que recibir el Espíritu Santo para comprender el mensaje de Jesús y vivir en humildad y espíritu de servicio. Y el ejemplo será siempre Jesús que lava los pies a sus discípulos. Entonces Pedro, dice a Jesús: “Señor, no solo los  pies, sino también las manos y la cabeza” (Jn 13, 9). Sin amor a Jesús pierde sentido el diaconado, pierde sentido el servicio a los demás en cualquiera de todas sus formas.  Abran su corazón al Espíritu de Jesús. Como Pedro dejen que cambie su manera de pensar y actuar.  Así serán siempre humildes servidores como Jesús lo espera de ustedes. Y aunque en un día no lejano sean ordenados presbíteros, nunca dejen de ser diáconos, es decir, nunca pierdan su profundo sentido de servicio en la Iglesia.

Viene ahora el compromiso de guardar el celibato.

Catedral, de Jalapa, 16 de marzo del 2019.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *